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domingo, 27 de julio de 2008

¿Por qué esperar?



por Alfonso Aguiló Pastrana

tomado de Conoze.com

Pienso así desde que tenía 14 años. Por aquel entonces ya había observado adónde llevaba la frivolidad sexual a bastantes de mis compañeros de escuela.
»Desde mi adolescencia pensé que la libertad sexual que yo más deseaba es la de estar un día felizmente casada. Y pensé que tenía que guardarme para el matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión.
»Y pensé que debía casarme con un hombre que tuviera un concepto suficientemente elevado de su futura esposa como para guardarse íntegro para ella. No es que sea lo único que valoro en un hombre, pero me resulta mucho más fácil confiar en alguien así.»
La que hablaba era una joven y brillante abogada británica llamada Angela Ellis-Jones, en el transcurso de un debate televisivo en la BBC. Defendía con llamativa desenvoltura una opinión poco corriente (al menos, en ese programa).
«Ya entonces —continuaba Ellis-Jones— me resultaba evidente que cuando se separa matrimonio y sexo, se difumina la diferencia entre estar casado y no estarlo, y, sin quererlo, se devalúa en esa persona la misma idea del matrimonio.
»La castidad antes del matrimonio es una cuestión importante. Cuanto más a la ligera entregue uno su cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo. Quien verdaderamente ama a una persona, desea casarse con ella. Una relación sexual sin matrimonio es necesariamente provisional, induce a pensar que es una prueba que aún está a la espera de si llega alguien mejor, y me valoro demasiado como para permitir que un hombre me trate de esa manera.
»Tal vez la postura que mantengo parece que me aísla, pero pienso que no es así: creo que el hombre sensato sólo verá en esos principios un motivo de mayor aprecio.»
Algunos piensan que lo realista es buscar cuanto antes gratificaciones eróticas, y facilitarlas a otros. Dicen que prefieren ese "pájaro en mano" a un amor ideal que ven como algo muy lejano. Y aunque es comprensible que una persona se deslumbre ante las gratificaciones inmediatas y las prefiera a todo lo que considera como promesas inciertas, parece claro que la tarea de construcción de la propia vida consiste precisamente en abrir horizontes nuevos al deseo, en aprender a valorar lo que todavía no tenemos en la mano pero que, por su valor, nos vemos llamados a alcanzar. Así lo entendía esta joven abogada británica.
Dejarse fascinar por el afán de saciar nuestros instintos es algo que impide alcanzar lo realmente valioso. La sexualidad fuera de su debido contexto responde a un impulso instintivo, que se inflama súbitamente y se apaga luego enseguida. Es una llamarada tan intensa como fugaz, que apenas deja nada tras de sí, y que con facilidad conduce a un círculo angosto de erotismo que, en su búsqueda siempre insatisfecha, considera que otros conceptos más elevados del amor son una simple ensoñación, cuando no un tabú o algo propio de reprimidos.
Sócrates hablaba de una voz interior que le hablaba, le aconsejaba, le reprendía, le impulsaba a buscar la verdad. Esa voz es lo más lúcido de nosotros mismos, y nos advierte que no debemos quedarnos en las meras sensaciones, sino buscar la verdad que hay en ellas, su auténtico valor, y no el que está más a mano, sino el más profundo.
No se trata, por tanto, de controlar al modo estoico las tendencias instintivas. Se trata de desear ardientemente valores más altos. Más que control de los deseos, habría que hablar de recta búsqueda de la plenitud humana. No se trata de reprimir las tendencias, sino de saber orientarlas. Un director de orquesta no reprime a ningún instrumentista, sino que señala a cada uno el camino que debe seguir para realizar su función de modo pleno: en unos momentos habrá de guardar silencio, en otros tendrá que armonizarse con otros instrumentos, y otras veces deberá asumir un papel de mayor protagonismo.
Cuando alguien descubre la realidad del amor, tiene la certeza de haber descubierto una tierra maravillosa hasta entonces desconocida e insospechada. Se considera feliz y agraciado, y con razón. Es una lástima que por no acomodarse al ritmo natural de maduración del amor, algunos quieran comer la fruta verde y pierdan la meta que podrían haber llegado a alcanzar.

miércoles, 16 de julio de 2008

El precio de la Traición


por el R.P. Ricardo Mazza


Tomado de Nuevo encuentro


Ya en un artículo anterior (El retorno de Antíoco IV) había mencionado lo que significó para Palestina y por lo tanto para el pueblo Judío, el advenimiento del Rey Antíoco IV Epifanes (174 a 164 a.C.) de la dinastía Seléucida que trata de imponer por todos los medios un cambio radical en el plano político, cultural y religioso.

Para conseguir dichos objetivos era necesario silenciar al pueblo en su profesión religiosa, dando carta blanca al paganismo más profundo, retrocediendo el pueblo de su fe en el Único Dios para someterse al Dios Estado.

En rigor esta nueva propuesta de desculturalizar un pueblo fue un antecedente en el pasado de la filosofía de Gramsci.

Es cierto, hay que reconocerlo, que Antíoco pensaba producir el cambio a sangre y fuego, mientras que Gramsci es partidario de producir transformaciones lentamente, variando el pensar del pueblo para ir inculcando “nuevos valores”, o mejor dicho “nuevos desvalores”.

En lo que ambos coinciden es que hay destruir la fe del pueblo o vaciar esa fe de un contenido pétreo, ya que la misma es un obstáculo para la dominación de un pueblo.

Para Antíoco la piedra que hay que desplazar es el culto al Dios de la Alianza, para Gramsci la Iglesia Católica.

Pero volvamos a Antíoco IV Epífanes.

Es propio del tirano tratar de imponer su voluntad a través de la fuerza bruta pensando que el temor diezmará al enemigo.

En rigor este modo de razonar no hace más que dejar al desnudo la debilidad del gobernante invasor que pretende lograr por el poderío militar lo que no puede conseguir con la fuerza de los argumentos, ya que estos no existen o porque no condicen con el pensamiento de los oprimidos.

El poder de las armas, sin embargo, no logra lo que pretende el rey ya que se le opone un pueblo que no está dispuesto a dejarse vencer renunciando a su fe en el único Dios.

Antíoco entonces, profundizando su proyecto, idea una solución que muchas veces los gobernantes utilizan: lograr la traición de las clases dirigentes.

Es notable percibir cómo a lo largo de la historia humana, muchos pueblos son vencidos por medio del “precio de la traición”.

Partiendo de la tesis de que todo hombre tiene un precio, se busca tentar a los líderes -que se enfrentan al tirano- para debilitarlos y conseguir su objetivo, mediante la compra de las voluntades.

Y así la miserabilidad de los distintos actores de esta trama siniestra aparece en toda su bajeza.

La “compra” de voluntades habla a las claras de la existencia de seres humanos que no vacilan un instante en degradar la dignidad humana, no sólo la propia sino también la ajena.

Nos enfrentamos con una especie de idolatría, ya que se deja de adorar al Dios verdadero y a la Verdad que dimana de El, para servir y rendir culto al tirano.

Se cede a la tentación latente desde el pecado original de querer ser como “dioses”, perdiendo de esa manera la personal dignidad de hijos de Dios, y disponiéndose a realizar lo que les da la gana.

Los “traidores” demuestran a las claras que no les interesa si sus decisiones denigran o perjudican a los demás. No buscan con sus acciones el bien de todos, sino el suyo propio.

En el fondo dejan al descubierto su personal sordidez y su incapacidad para oponerse al poder de turno para defender la verdad.

Dirán para justificarse que deben ser fieles al bando que los ha encaramado en alguna esfera del poder, como si esta fidelidad puede ser superior a una más alta: la fidelidad a la verdad.

La conciencia de estos ingratos fácilmente se tranquiliza suponiendo que “si no soy yo será otro” el que actúe de manera pérfida.

Por lo general este tipo de personajes tiene un pasado no muy santo, que los hace débiles para asumir con valentía compromisos enaltecedores, vulnerables siempre ante las pretensiones del poder de turno.

Y como no se puede servir simultáneamente a Dios y al dinero, prefieren inclinarse ante el espejismo de grandeza que les ofrece el mismo, antes que servir a la verdad que les presenta su Creador.

En nuestros días es patente esta larga serie de traiciones y de compra y venta de voluntades.

Y así por ejemplo, el vaciamiento de los países de sus recursos naturales supone siempre la existencia de un poder tiránico que quiere despojar a las naciones de su patrimonio para utilizarlo como factor de dominio, y de una clase dirigente a la que no le interesa traicionar su propia Patria si eso supone atiborrarse los bolsillos de abundante ganancia.

La imposición del aborto, la eutanasia, la esterilización, la anticoncepción y todo género de elemento denigratorio de la persona humana, no significa sólo una concepción ideológica particular que se quiere cargar a toda costa en los pueblos vaciando su cultura, sino que están en juego la codicia de riquezas y el dominio de los fuertes sobre la debilidad de los que ya no tienen voz en este mundo: los pobres, los niños, los enfermos, los ancianos.

En el mundo laboral, para someter al hombre, se implementan políticas que estudian los “recursos humanos” que se necesitan para las empresas modernas.

Para ello no pocas veces un selecto número de profesionales de la salud “mental” deberán convencer a los trabajadores a través de cursos de “perfeccionamiento laboral”, que su verdadera realización y perfección supone siempre trabajar más, sin pretender mejores remuneraciones, mayor presencia en sus familias o el descanso dominical.

Y si algún rebelde trabajador se presentara oponiéndose a este sistema agobiante, deberá llamarse a silencio – porque los que han de velar por los derechos laborales ya “han sido convencidos” de la bondad de este sistema- o escuchar: “si no te gusta, ahí tenés la puerta”, detrás de la cual esperan impacientes, innúmeros candidatos dispuestos a probar suerte.

El recorrido podría extenderse mucho más si contamos con los que ascienden a cargos altos a pesar de su ineptitud, porque tienen el sólo “mérito” de ser esclavos del poder de turno, o los que –como en la antigua Roma- por paga mercenaria aprueban leyes irracionales, juzgan al inocente por un par de monedas, o forman fuerzas de choques para mantener el esquema de poder reinante.

Pero volvamos -luego de este paréntesis de pensamiento- a la figura de Antíoco.

El pasaje de 1 Macabeos 2,15-29 narra los comienzos de la revuelta macabea. Todo empieza cuando un inspector real llega a Modín, lugar de residencia del sacerdote Matatías.

El pueblo, situado a unos 30 kilómetros de Jerusalén, ha escapado durante cierto tiempo al control policial. Finalmente se presenta un emisario real y obliga a hacer un sacrificio, probablemente el conmemorativo del día natalicio del rey (2 Mac 6,7).

Invita de manera especial a Matatías por su ascendiente sobre los demás tratando de comprarlo: “Tú y tus hijos recibirán el título de amigos del rey, serán premiados con oro y plata y muchos regalos” (v.18).

El intento de sobornar voluntades está consumado. El emisario real toma esto como un hecho bastante frecuente, posiblemente lo ha repetido muchas veces para obtener el favor de los que suelen tener vocación de traidores.

Pero Matatías no sólo se niega sino que muestra su dignidad diciendo “¡Dios me libre de abandonar la ley y nuestras costumbres! No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión a derecha ni a izquierda” (vv. 21 y 22).

Este lenguaje habrá desconcertado al emisario real. No estaba acostumbrado a que alguien se negara ante las seducciones del poder y el dinero.

Pero allí estaba presente la dignidad de toda una familia de judíos fieles que ofrendaban sus vidas por defender la verdad de su Dios.

Pero sucede entonces que un judío, para evitar posteriores represalias contra el lugar, intenta cumplir las órdenes del rey.

Matatías, estremecido de cólera al ver a un judío sacrificar a los dioses paganos, y siguiendo los preceptos de la ley (Dt. 13,7-12) castiga con la muerte al apóstata y mata también al inspector real.

Esta acción supone el paso de la resistencia pasiva a la lucha abierta huyendo Matatías y sus hijos a los montes, ¡para comenzar la lucha de guerrillas!...

Después de un período de resistencia, acompañado de numerosos fieles y ya a las puertas de la muerte afirma:"Ardan de celo por la Ley, dando la vida por la alianza de nuestros padres”. (v.50)..... ¡porque ninguno que confía en el Cielo es confundido!.(v.61).. “y no teman las amenazas de ese malvado, porque su gloria se convertirá en estiércol y gusanos; hoy es exaltado y mañana desaparece, porque habrá vuelto al polvo de donde vino y sus proyectos quedarán frustrados” (v.62 y 63).

Y exactamente eso le ocurrió a Antíoco Epifanes a su muerte! (1Mac. 6, 8-13).

Hermosos consejos deja a la posteridad Matatías, permitiendo entrever a quienes creemos que es necesario ser testigos de la verdad aunque muchas veces tengamos que sufrir el desprecio, la ignorancia, la indiferencia y hasta la misma muerte.

En Matatías se conjuga el amor a Dios y el amor a la Patria, porque ambos amores van siempre juntos, como doble obligación a vivir por la caridad: el amor al Creador y el amor a sus hermanos los que habitan una misma Patria.

martes, 15 de julio de 2008

Es lo que hay


Unos días atrás, nos cruzamos con un compadre, buen amigo. No personalmente sino a través de palabras de otros y después a través de breves letras por el éter.

Un comentario al pasar sirvió para mover el fuego. Y saltaron chispas, claro, como cuando se mueve el fuego. Fue tonificante, viera usted.

El caso es que a vuelta de correo me copia generoso un fragmento de José Antonio.

Sirve hacer eso de que un texto, una canción, un emblema, se presenten por nosotros y nos representen. Y allí fue que se terminaron el cruce y los chsipazos.

El asunto me trajo a la memoria otros textos del español. Cosas que viene bien repasar y leer cada tanto. Por ejemplo, ahora que se mueve el fuego también por todas partes y saltan chispas por todas partes.

Fue en el Gran Teatro de Córdoba, el 12 de mayo de 1935.

A esa altura, y hacía rato, ya todo estaba decididamente patas para arriba en aquella España. Ya se mamporreaban y hasta se mataban en las calles y todavía no había habido alzamientos oficiales y guerra civiles declaradas. Pero ya había.

En Córdoba, como digo, José Antonio hizo un discurso en medio de refriegas, piedrazos, marchas, cárceles. El discurso se parece a otros de ocasiones anteriores. Tiene, con todo, un aire más serio, también es menos retórica política y florida y más programático. Como en ocasiones anteriores, sin embargo, otra vez describió la realidad de aquella España y dijo qué pasaba y qué había que hacer, a su sabor. En esa oportunidad, incluso, trazó hasta una especie de programa de gobierno completo.

El fragmento que mi compadre me manda con algunos párrafos más que agrego, se parece, además, en esto y aquello otro, a varias cosas que uno mismo diría. Siempre, y también aquí y ahora.

Nosotros tenemos que volver a ordenar a España desde las estrellas; tenemos que hacer otra vez de España una unidad de destino en lo universal. La vida española se encuentra oprimida entre una capa de indiferencia histórica y una capa de injusticia social. Por arriba España dimite cada día un poco más su puesto en el mundo; por abajo, soporta la existencia de muchedumbres hambrientas y exasperadas. La política española, entre esas dos capas, conserva un tono colonial; cada Gobierno desparrama medio centenar de gobernadores que administran las provincias a su talante y que trazan a su capricho el estatuto de derechos públicos de cada ciudadano.

¿Qué salidas se ofrecen para tal estado de cosas? Dos salidas: la de los partidos de la izquierda y la de los partidos de la derecha. Los partidos de la izquierda alegan la preocupación de lo social; pero además de que, aun en eso, son totalmente ineficaces, porque su política desquicia un sistema económico, y no mejora en nada la suerte de los humildes, los partidos de izquierda ejercen una política persecutoria, materialista y antinacional. Y los de derecha, al contrario, manejan un vocabulario patriótico, pero están llenos de mediocridad, de pesadez y les falta la decisión auténtica de remediar las injusticias sociales.

Nuestro movimiento no es de derecha ni de izquierda. Mucho menos es del centro. Nuestro movimiento se da cuenta de que todo eso son actitudes personales, laterales, y aspira a cumplir la vida de España, no desde un lado, sino desde enfrente; no como parte, sino como todo; aspira a que las cosas no se resuelvan en homenaje al interés insignificante de un bando, sino al acatamiento al servicio total del interés patrio. Para nosotros, la Patria no es sólo un concepto, sino una norma. El acatamiento de esta norma hay que imponerlo con todo el rigor que haga falta, contra todos los intereses que se opongan, por fuertes que sean. Por eso somos revolucionarios.

Un año después, en noviembre de 1936, unos 15 días antes de su fusilamiento, terminó una especie de análisis-manifiesto que tiene trazas también de testamento político, por las propuestas que trae y el tiempo en que fue escrito y lo que pasó después.

¿Está bien? ¿Está mal?

Verá usted, mi amigo. Creo, de todos modos, que hay cosas dichas allí que sirven. Y que varias de ellas me representan, tanto como a mi compadre, y en mi caso en lo que tienen de universal, más que nada, porque español del '30 no soy.

¿Hace falta un José Antonio? ¿En aquella España de él, en ésta que ya no es suya?

¿Entre nosotros mismos, vamos...: hoy mismo, aquí mismo?

Podría discutirse, tal vez.

Aunque no sé si tanto, porque cierta clase de hombres siempre hace falta. La vida y la palabra de ciertos hombres siempre sirve. Y si firman con su muerte, también y sobre todo. Aunque no a todos les sirve de la misma manera su vida, su palabra y su muerte, se entiende.

Pero me parece que lo cierto es que, si llegáramos a la conclusión de que aquí y ahora haría falta un José Antonio, sería al fin de cuentas una conclusión tal vez no irremediable pero seguramente medio triste.

Porque a él no se lo ve por ninguna parte. Y nada parecido se ve.

Se ve mucho de esa izquierda que él dice y peores y se ve mucho de esa derecha que él dice y peores.

Pero a él no se lo ve. Ni a nadie parecido.

¿Qué se puede hacer? Hay que apechugarla...

Es lo que hay.

Tomado de Ens

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