lunes, 24 de enero de 2011

Fumadores apestados





por Juan Manuel de Prada




Tomado de XLsemanal







onsumatum est. El tabaco ha sido desterrado de la vida social española; y nos han logrado convencer de que lo han hecho para proteger nuestra salud, después de bombardearnos con una propaganda desquiciada que hace del tabaco la mayor causa de mortandad de los países desarrollados. El infarto del fumador se atribuye siempre al tabaco, no importa que haya acaecido mientras ejecutaba ejercicios gilipollescos en un gimnasio. El cáncer de pulmón del fumador se atribuye siempre al tabaco, no importa que diariamente respire los tufos de gasolina requemada que expelen los automóviles. En su cruzada antitabaquista, han llegado a afirmar que los niños que crecen en hogares donde se fuma pueden desarrollar problemas de raquitismo. Probablemente, los divulgadores de infundios tan tremebundos crecieran -como yo mismo, como casi todo el mundo- en un hogar habitado por fumadores, sin quedarse raquíticos. Pero los apóstoles de la histeria ni siquiera se arredran cuando el sentido común y los datos puramente empíricos desmienten sus truculencias; su labor -a medio camino ante la del calumniador y la del seudoprofeta jeremías- consiste, sobre todo, en sembrar el pavor entre el público más crédulo o hipocondriaco. A la inmoralidad de nuestros gobernantes no le importa el sufrimiento del fumador; le importa conseguir, mediante la elocuencia sórdida de los números, que su sufrimiento deje de estimular la piedad del prójimo, para convertirse en motivo de segregación y repudio social.

No se trata de negar los efectos nocivos del tabaco en nuestro organismo, sino de cuestionar este asedio incesante de informaciones apocalípticas. Poco a poco, estamos conformando una sociedad amilanada. La propaganda del miedo amenaza con extender una enfermedad mucho más perniciosa que las enfermedades que se pretenden combatir. Los propagandistas de la histeria no parecen intimidados por las consecuencias que su empeño antitabaquista acarreará, pero a nadie se le oculta que las manías persecutorias y demás formas soterradas de la locura que propagan sus mensajes apocalípticos crecen día tras día. Una sociedad que convierte la salud en excusa para las discriminaciones y los anatemas es también una sociedad enferma. Pero, del mismo modo que la estadística y el laboratorio se preocupan de detallar las propiedades cancerígenas del tabaco, nadie parece molestarse en analizar los desarreglos psíquicos que tales estudios tremendistas infunden en la población.

La propaganda del histerismo, no contenta con atribuir al tabaco la paternidad de todas las calamidades contemporáneas, pretende imponer la creencia de que fumar atenta contra la urbanidad, infringe las reglas de convivencia, combate las conquistas de la civilización. No basta con convertir al fumador en un apestado social; conviene también atribuirle la pertenencia a una secta que conspira contra la propia supervivencia de la sociedad. Pronto lograrán imbuirnos ese sentimiento de culpa; y cada vez que encendamos un cigarrillo nos sentiremos como el terrorista que prende la mecha de una bomba con la que aspira a diezmar la población. Pero, a la vez que el fumador es confinado en un gueto para apestados, aumenta la voracidad impositiva sobre el consumo de tabaco. Uno ya empieza a estar harto de esta retórica cochambrosa empleada por nuestros políticos, que se sirven del sufrimiento ajeno para justificar su voracidad impositiva. ¿Cómo puede justificarse que, a la vez que se criminaliza al fumador, se le convierta en principal víctima de las gabelas gubernativas? El fumador, amén del oprobio, recibe el castigo de la exacción; pero que se fastidie, que para eso es un ciudadano de segunda. Por supuesto, nuestros gobernantes saben perfectamente que estas penalizaciones rastreras que exprimen el bolsillo del fumador no disminuirán ni un ápice la peste cancerígena, pero así se engorda el famélico erario público, a la vez que se fijan los reflectores de la culpabilidad en un sector social que corre el riesgo de ser aherrojado en las mazmorras del ostracismo. Lo que quizá no sepan nuestros gobernantes es que la criminalización hipócrita del tabaco añadirá a su consumo fascinación y encanto subversivo, sobre todo entre los más jóvenes. Quizá les convendría leer a Julio Camba, aquel irónico tranquilo: «Antes el tabaco era solo un veneno y ya fumaba el ochenta por ciento de la humanidad. Ahora, y dadas las dificultades con que se suele tropezar para adquirirlo legalmente, a más de un veneno constituye muchas veces un delito y, o yo soy muy mal pensado, o pronto estará fumando la humanidad entera».

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