
por Juan Manuel de Prada
Tomado de ABC

olicitaba ayer el maestro Burgos, entre coñón y poseído por una santa ira, un ERE para el Gobierno y para la hipertrofia administrativa que padecemos. Pero contra los arrebatos de santa ira tenemos la «doctrina Pinto», que acaba de establecer el alcalde socialista de esta localidad madrileña, Juan José Martín, quien ante la subida de la gasolina soltó esta sentencia, digna de ser cincelada en mármol:
-A mí me da igual. Yo tengo coche oficial, así que el resto que se joda.
¿Y quiénes son el resto? Pues el resto somos los paganos de la subida de la gasolina, o sea, los «tontos de los cojones», en otra afortunada acuñación municipal. Nos venden la moto (averiada) de que la subida de los impuestos indirectos se hace para mitigar las estrecheces de los desempleados (como si los desempleados no fumaran o no se desplazaran en automóvil), cuando de lo que se trata es de mantener el tinglado de los gastos suntuarios que los partidos políticos han montado. Cuando hablamos de hipertrofia administrativa solemos invocar el número desmedido de funcionarios que se abastecen del Presupuesto, pero solemos olvidar la razón última de esa hipertrofia, que no es la otra que la creación constante de «altos cargos» superfluos, para mantener empleados a los militantes y afines de los partidos políticos, todos ellos dotados de coche oficial a cargo de los tontos de los cojones, teléfono móvil a cargo de los tontos de los cojones, dietas y prebendas a cargo de los tontos de los cojones, hasta completar un mapa de expolios en continua expansión donde a los tontos de los cojones no les queda otra salida sino rabiar y joderse.
Y, aunque la rabia les lleve al absentismo, el tinglado no se derrumba: ahí tenemos como prueba las recientes elecciones europeas, donde los partidos políticos, a cambio de que más de la mitad de la población se quedase en su casa hurgándose la nariz, se han metido en la buchaca unas subvenciones que, en el caso de los dos partidos mayoritarios, rebasan los ocho milloncejos de euros. Mucho más abultado es, sin embargo, el latrocinio que se enmascara bajo el eufemismo de «financiación autonómica», que es como en el Mátrix progre llaman a la rapiña desmelenada con que se abastecen las burocracias de los partidos en cada uno de los reinos de taifas que constituyen la «España plurinacional». Los sultanes de cada uno de estos reinos de taifas desfiló por el palacio de nuestro rey Midas, solicitando el oro y el moro; y nuestro rey Midas se lo concedió, según la más rigurosa «doctrina Pinto», que consiste en que las castas partidarias dispongan de coche oficial, mientras el resto se jode. Y al frente del reparto de coches oficiales puso a Chaves, quien mientras fue sultán andaluz aplicó la «doctrina Pinto» en su máximo esplendor, que es cuando logras que entre ese «resto que se jode» no figure ningún miembro de tu familia. Chaves será el encargado de garantizar que los diecisiete reinos de taifas puedan sostener el tinglado de los gastos suntuarios que los partidos políticos han montado para repartirse el botín: coches oficiales, televisiones autonómicas, embajaditas en el extranjero y demás fastos suculentos que permiten emplear a militantes y afines a cargo de los tontos de los cojones.
Los partidos políticos se han convertido en maquinarias perfectamente engrasadas para el acaparamiento de altos cargos en la administración, una cantera de vampiros del presupuesto que no cesa de crecer, a la vez que crecen también el desempleo y los impuestos. Y, mientras tanto, el resto se jode, según la irreprochable lógica de la «doctrina Pinto»; en realidad, el resto está tan jodido que no advierte que el crecimiento de esta cantera de vampiros es directamente proporcional al crecimiento del paro y de los impuestos.
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