martes, 7 de abril de 2009

El relativismo signa la agonía de un ciclo histórico


por Ismael Medina


Tomado de Vistazo a la prensa





eo que Barak Obama, el nuevo gurú que prometió sacar al mundo del atolladero de la actual recesión, apela a la honestidad de los dirigentes financieros y empresariales para escapar de la catástrofe. Les acusa de que sus abusos y codicia están en el origen de la crisis. Pero al propio tiempo respalda el aborto, la manipulación de embriones, la eutanasia y otras prácticas criminales que vulneran el orden natural e incluso principios éticos que en un tiempo defendieron algunos sectores laicistas menos exaltados o condicionados a los de ahora. Rodríguez, que se apunta a un bombardeo para ocultar su insondable vaciedad, toma prestadas las ideas ajenas que coyunturalmente le convienen, en este caso las del gurú Obama, para imaginar y hacernos creer que pisa fuerte en el G-20 y que lleva consigo la panacea para salvar al mundo de la hecatombe. Los argumentos que despliega en la página web de apoyo al camelo del Plan E son un burdo reflejo de los esgrimidos por Obama, con algún aliño de los defendidos por Sarkozy y Angela Merkel. Subido al poste del tancredismo, como la tortuga del chiste que circula por Internet, Rodríguez alardeaba de que “la cumbre (de Londres) marcará una nueva etapa” y confíaba en establecer un nuevo orden económico internacional mas justo, el cual garantizaría un sistema financiero “transparente, seguro, eficaz y fiable, capaz de erradicar los “incentivos” que han provocado los abusos y la codicia en el mundo financiero internacional. ¿Y en el nacional”. Rodríguez lo omitía, aferrado como está a la coartada de que nuestros males nos vienen de fuera y de que España es un oasis de seguridad financiera en el desierto internacional barrido por las tormentas de arena. Repite Rodríguez como un papagayo la retórica de Obama, se esfuerza por imitar sus recetas, se desentiende de la peculiar realidad interior y esconde que los abusos y la codicia, desembocados en una generalizada y devastadora corrupción, no provienen sólo de la especulación financiera y económica del gran capital, sino de su amparo por el poder político a cuyo frente lleva cinco años “por accidente” del que es prisionero y debe pagar. Y también, parece obvio, del opíparo beneficio que de tal desmadre obtienen tantos y tantos de su red de impunes paniaguados a cuyos abusos y siempre insatisfecha codicia dan la espalda Garzón, la Fiscalía que mangonea Conde Pumpido y la policía política de Rubalcaba, a los que parece que los ojos se les quedaron sin movimiento de tanto mirar a la derecha.

EL FRAUDE DEL RELATIVISMO

La apelación a los abusos y la codicia de financieros y grandes empresarios, a los qe sumaron los poderes políticos, me trae a la memoria una cita de Adam Smith a la que más de una vez he recurrido y que el entonces cardenal Ratzinger recordó en esclarecedor discurso, siempre actual. Sostenía el padre del capitalismo que la economía es incompatible con la moral. Elevaba a categoría de principio inapelable la esencia del relativismo como fundamento de los comportamientos individuales y colectivos. Y si al relativismo se añade el materialismo, su inseparable compañero, nos topamos con la perdurabilidad, hoy acrecentada, del soporte de la “revolución democrática”. Y causa de la catastrófica situación actual, de la que ni Obama ni ningún otro dirigente político sabe como afrontar. Tampoco los economistas de tronío en que se apoyan, más o menos acertados en el diagnóstico del mal, pero igualmente desconcertados para sacar de la UVI al paciente agónico. Desconocen, o quieren desconocer, que el sistema está al borde de la muerte por estarlo la ideología relativista y materialista que durante algo más de dos siglos lo sustentó en sus dos versiones totalizadoras: el liberalismo capitalista y el capitalismo marxista de Estado. No es ésta la ocasión para una explicación apurada de la filosofía relativista. Si acaso, anotar que para el relativismo la verdad depende o está en relación con el sujeto, persona o grupo que la experimenta. O dicho de otro modo, el relativismo sostiene que existen muchas verdades acerca de las cosas. Tantas como personas creen tener un conocimiento de las mismas. Y de manera más contundente: lo que es o se considera verdad depende de lo que cada quien piense que es verdad. Aunque si lo aplicamos al relativismo, tampoco éste es verdad. De todo lo anterior resulta que al no ser admitida una verdad moral superior, las relaciones políticas, sociales, económicas y culturales se convierten en una realidad de brutal individualismo e insolidaridad, siempre propicio para la dictadura de los más fuertes y desaprensivos. Sucede así que si todo es opinable, se ejecutará lo que decidan éstos. El pueblo, tan exaltado por el relativismo como detentador del poder en las democracias, queda inerte y degradado a la condición de sujeto pasivo y pastueño frente a la dictadura, declarada o encubierta, de la coalición de intereses que detenta el poder y de él se aprovecha.

LA ECONOMÍA SIN FRENOS MORALES ESTA CONDENADA AL FRACASO

Sostenía Ralph Emerson que desemboca en el fracaso el éxito de las empresas materiales cuando no les acompaña el éxito en las empresas morales. Y en la negación por el relativismo de esa comunión, de la subordinación del beneficio económico a principios morales, radica la quiebra de los sistemas políticos actuales, incluida la democracia convencional. Las mayorías matemáticas que resultan de los procesos electorales son asumidas por los partidos que las logran como patente de corso para hacer lo que les venga en gana, sin que se sientan condicionadas por principios morales o éticos que frenen sus apetitos, arbitrariedades y aberraciones. Aupado sobre la dictadura del número, el grupo establecido en el poder se cree en posesión de verdades absolutas y en condiciones, por ejemplo, de decidir si Dios existe o no. Y si , tal que advertía Dostoieski, no hay Dios, todo está permitido. El poder político puede hacer tabla rasa de la Justicia, si la historia es como fue o como interesa que sea, si la unidad nacional es triturable, si es válido el genocidio de inocentes o de los ancianos e inválidos que suponen una carga económica y un estorbo, si es perseguible la corrupción de los adversarios pero no la propia, si hay que salvar a los poderes financieros que provocan las crisis pero no a sus víctimas, si convienen unas guerras y otras no, si hay que salvar a las economías opulentas y hacer perdurable la miseria y la aniquilación de los pueblos sometidos a un feroz neocolonialismo ...

EL PAPA HA ESCANDALIZADO CON LA VERDAD

Benedicto XVI levantó la voz durante su viaje pastoral por el Africa más deprimida contra la explotación de que son víctimas por el relativismo, sea el capitalismo liberalista o las infiltraciones del totalitarismo neomarxista. También en la defensa de su desarrollo moral y material, que postula inseparables. ¿Pero qué ha trascendido de su predicación en el Occidente relativista? Una burda distorsión de su apelación al sometimiento de las relaciones sexuales a principio morales, aunque no sólo como el medio más eficaz para luchar contra la plaga del sida que diezma a esos pueblos. Gracias a una inmediata campaña mediática, ha quedado para la mayoría de las gentes que el Papa se ha pronunciado exclusivamente contra el uso de los condones, cuando lo que denuncia en realidad son los efectos perniciosos de la promiscuidad. Fenómeno alentado por los centros de poder relativistas occidentales para sus propias sociedades con los perniciosos resultados de sobra conocidos. Pero no sólo late en el fondo de esta reacción la deshumanizadora estrategia encaminada a convertir a los pueblos en animalesca granja orwelliana. La promoción desmesurada del condón por los poderes políticos, incluso mediante sus distribución gratuita a cargo del Erario público, se ha convertido en un gigantesco negocio mercantil para, sobre todo, dos grandes multinacionales. Esto es lo que en realidad respondió Benedicto XVI a un periodista que, tras preguntarle sobre el Sida en África, afirmó que “la postura de la Iglesia católica sobre el modo de luchar contra él es considerada a menudo no realista ni eficaz”: "Yo diría lo contrario: pienso que la realidad más eficiente, más presente en el frente de la lucha contra el Sida es precisamente la Iglesia Católica, con sus movimientos, con sus diversas realidades... Diría que no se puede superar el problema del Sida sólo con eslóganes publicitarios. Si no está el alma, si no se ayuda a los africanos, no se puede solucionar este flagelo sólo distribuyendo profilácticos: al contrario, existe el riesgo de aumentar el problema. La solución puede encontrarse sólo en un doble empeño: el primero, una humanización de la sexualidad, es decir, una renovación espiritual y humana que traiga consigo una nueva forma de comportarse uno con el otro, y segundo, una verdadera amistad también y sobre todo hacia las personas que sufren, la disponibilidad incluso con sacrificios, con renuncias personales, a estar con los que sufren. Y estos son factores que ayudan y que traen progresos visibles. Por tanto, diría, esta doble fuerza nuestra de renovar al hombre interiormente, de dar fuerza espiritual y humana para un comportamiento justo hacia el propio cuerpo y hacia el prójimo, y esta capacidad de sufrir con los que sufren, de permanecer en los momentos de prueba. Me parece que ésta es la respuesta correcta, y que la Iglesia hace esto y ofrece así una contribución grandísima e importante. Agradecemos a todos los que lo hacen".

LA IGLESIA NO PUEDE TRAICIONAR EL MENSAJE DIVINO SIN TRAICIONARSE A SÍ MISMA

¿Podría el Papa o cualquier católico responder de otra manera a esa insidiosa pregunta sin traicionar la doctrina de la Iglesia, consecuencia inexcusable el mensaje evangélico y de los Diez Mandamientos? Podrán argüir algunos, infestados por la plaga del relativismo, que difícilmente podría Jesús prohibir los preservativos, dado que no existían, y que, por ende, su uso no contraviene dogma alguno. Pero también por entonces el hedonismo se valía de otros métodos anticonceptivos, más o menos burdos, eficaces y perniciosos para la salud de la mujer. La sexualidad como mutua donación de amor, encaminada a la creación de nueva vida, amén de la fidelidad matrimonial, forman parte inexcusable del mensaje de Cristo. Se puede transgredir. Pero a sabiendas de que para un católico se trata de una contravención frente a la que no caben subterfugios retóricos ni escapismos dialécticos. “¿Por qué las reacciones tan virulentas contra el Papa?”, se preguntaba monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, arzobispo de San Cristóbal de las Casas (Méjico). Y respondía con un pasaje de la Biblia: “A quienes practicaron toda las abominables costumbres de los paganos, el Señor los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros…; pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus advertencias y se mofaron de los profetas” (2Cro 36) “Hasta que les llegó la ruina”, añade el arzobispo. El pasaje evangélico (Jn 3,18-20) pone en boca de Jesús: “El que no cree, ya esta condenado por no haber creído en el Hijo Unico de Dios. La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ellas, para que sus obras no se descubran”. No se me oculta que a los hijos de la tinieblas, a los que beben en las fuentes del iluminismo o se dejan seducir por sus ideas, les importan más de lo que parece tales mensajes proféticos. No lucharían contra ellos con tanto denuedo y perversidad si no les importaran. Si no temieran que el mensaje cristiano de amor y libertad ha sido y será el principal muro de contención al que se enfrenta su tiranía deshumanizadora. Pero más inquietante todavía resulta la penetración que el relativismo ha tenido en algunos sectores del cristianismo, incluso católicos, los cuales disienten de su compromiso doctrinal cuando choca con sus intereses materiales o sus debilidades.

A LOS POLÍTICOS DEL G-20 SÓLO LES PROCUPA SALVAR A LOS PODEROSOS

Ahora nos ha llegado un nuevo episodio cíclico de la ruina a que se refería el arzobispo de San Cristóbal de Cuernavaca. El más profundo y extenuante de cuantos se habían conocido desde la irrupción de la revolución relativista. Los políticos del G-20 que pretenden remediarla señalan su origen, recuerdo, en los abusos y la codicia del poder financiero y económico. Pero ocultan, insisto, que tales abusos y una codicia desbocada, a la que no son ajenos los gobiernos, obligados a controlarlas, fue posible merced a la inexistencia de un freno moral. Pero no es éste el que buscan recomponer como piedra angular de un proyecto realista de recuperación. El control y eliminación subsiguiente del secreto bancario y de los llamados paraísos fiscales, que está por ver, no responde a criterios morales. Se trata de una medida técnica encaminada a que emerjan esos enormes caudales de dinero negro y, una vez legalizados sin castigo, se incorporen a la enorme masa de papel moneda fabricada por los gobiernos sin respaldo real que la avale. Exigencias personales retrasaron este semana la redacción de mi crónica. Y ahora, cuando estoy a punto de concluirla, puedo conocer el contenido de los acuerdos a que se ha llegado en la tenida de Londres, restringida a los países con superior o pretendido poder político y económico, los de siempre, los llamados emergentes y algún que otro convidado de piedra, como la España comatosa de Rodríguez. Los sustancial de los acuerdos puede reducirse a tres compromisos: añadir un billón de dólares a los cuatro acordados en anteriores cumbres para el salvamento del sistema financiero en quiebra generalizada y las grandes empresas industriales del multinacionalismo, igualmente en trance agónico; el fortalecimiento de las reservas e influencia del FMI, amén de otros organismos internacionales; y un superior intervencionismo de los Estados. Si dejamos a un lado las zarandajas de que Obama ha tenido que ceder ante la presión de Sarkozy y la Merkel, de que el gran triunfador ha sido Sarkozy, de que Obama ha tenido que inclinar la cerviz ante Europa o de que los USA han dejado de ser la primera y autoritaria potencia mundial, lo que se esconde tras de esa retahíla de comentarios encubridores no es otra cosa que el fortalecimiento del llaman un nuevo orden internacional. En definitiva del ya conocido Nuevo Orden Mundial al que todos se pliegan devotamente. Más allá de los brindis al sol, subyace una inequívoca desconfianza respecto a la efectividad de las medidas adoptadas. El propio Obama ha puesto sordina al falso optimismo al advertir que habrá de esperarse para comprobar si si son efectivos los remedios definidos en Londres. Herman Terscht se hacía eco hoy mismo en “ABC” de una desconfianza que se trata de disimular. Pero lo que me interesa de su artículo es el recordatorio de que el éxito de los hombres de Estado que hicieron posible la recuperación económica de los países occidentales en la posguerra mundial se debió al realismo resultante de haber sido partícipes de una guerra asoladora y de los terribles sacrificios y padecimientos que para los pueblos se derivaron. Por el contrario, los políticos ahora al frente de los Estados crecieron en la abundancia y en el hedonismo. Y por ello mismo son incapaces de percibir en su opresiva realidad los letales efectos que para cada vez más amplios sectores de los pueblos se derivan del desplome del sistema relativista.

LA LECCIÓN DE LAS GENERACIONES QUE VIVIMOS Y SUFRIMOS LA GUERRA

Elmiércoles, 1º de abril, se cumplieron setenta años del final de nuestra contienda y de la esperanza que despertó aquel último parte de guerra firmado por Francisco Franco. La ansiada e ilusionada paz sobrevolaba la terrible realidad de un país devastado, una economía aún más maltrecha de la que nos condujo al enfrentamiento, unas fuentes de producción agostadas, una angustiosa carestía alimenticia y una gran masa de población en situación de indigencia. Gravísimos problemas cuya solución condicionó la inmediata guerra mundial y agravó el aislamiento internacional a que fuimos protervamente sometidos una vez concluido el conflicto que arrasó Europa. Fueron durísimos años difíciles de entender para quienes no los vivieron. Pero los superamos. Y ya en los años sesenta España se incorporó a la lista restringida de las naciones desarrolladas, al tiempo que mantenía un sistema avanzado de Justicia Social. Se habló entonces fuera de nuestras fronteras del “milagro español”. Los milagros, sin embargo, no son gratuitos. Ni tan siquiera los de los santos. Hay que lograrlos con sacrificio, tesón, voluntad de ganar la partida, fe en el futuro y firmes convicciones morales. Dejamos a un lado cualquier tentación relativista, asumimos la inevitabilidad de las carencias a que hacíamos frente, nos dedicamos a trabajar con denuedo y los resultado de es común esfuerzo, aunque escasos cada año, alimentaban la esperanza de un mejor futuro a conquistar. Cada paso adelante en lo personal y en lo colectivo nos proporcionaba un nuevo impulso y el gozo de lo ganado aunque fuera en apariencia nimio. Tampoco nos arredraron tan grandes dificultades a la hora de traducir el amor conyugal en generosa procreación. También entonces se podían comprar condones . Pero primaban los principios morales y de solidaridad a los que se refería Benedicto XVI en su visita pastoral africana. Las generaciones que hicieron la guerra a uno y otro lado de las trincheras y quienes fuimos víctimas pasivas por edad u otras circunstancias, nos encontramos que ahora se dilapida y desprecia lo que varias generaciones construimos a fuerza de privaciones y empeño.

LLEGA A SU FIN LA FICCIÓN RELATIVISTA DE LA SOCIEDAD OPULENTA

HA terminado la ficción de la sociedad opulenta. La sufren millones de parados, de pequeños emprendedores víctimas de una ruina provocada, una clase medida heredada en España del franquismo y en proceso acelerado de proletarización, y una masa inmigrante atraída por el señuelo de una vida más holgada. Pero no son ellos la preocupación de los convenidos en la tenida del G-20. Tampoco los pueblos sumidos en la miseria más abyecta por un voraz neocolonialismo del que también participan tiranías marxistas como la china, a un mismo tiempo capitalista para grupos privilegiados por el régimen. Prima el salvamento de un sistema injusto que signa la decadencia del ciclo histórico del relativismo. Pero a diferencia del acabóse de otros ciclos históricos, no se atisba en el horizonte el amanecer de una revolución moral, y por ende religiosa, que siente los cimientos de un nuevo ciclo inaugural del que siempre fueron protagonistas los desheredados.

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