
por Inés Futten de la Colina de Cassagne,
Dra. en Filosofía y Letras (UBA),
Profesora de Literatura y Cristianismo(UCA).
Que Chesterton ha hecho una contribución formidable en orden a la evangelización de la cultura, en su época y hasta hoy, es evidente, y describirla nos llevaría horas. En este marco coloquial de pocos minutos, elegí referirme a La Esfera y la Cruz (The Ball and the Cross) y también a Hombrevida, porque las estoy leyendo y comentando, pormenorizadamente, con alumnos en varios grupos, y así voy a hablar de experiencias concretas actuales. Esta modalidad –leer lento- se me impone ya que las obras se ofrecen como caminos a recorrer, en los cuales a cada paso nos esperan tesoros de sugerencias y así es necesario detenernos para recogerlas.
Por ejemplo, el protagonista de Hombrevida nos grita:
“¡Déjense de comprar y vender y empiecen a mirar! Abran los ojos y amanecerán en la Nueva Jerusalén.” (HV p.55)
Este clamor nos interpela y nos reclama, tal como el Evangelio que dice: “Mirad lo lirios del campo, que hoy florecen y mañana se marchitan.....y ni Salomón en su mayor esplendor se vistió como uno de ellos......” Es una llamada a contemplar las bellezas de la Creación. Esta creación, en que –como subraya Pablo (Rom 1), desde el principio del mundo fue posible descubrir la mano de Dios, su omnipotencia y divinidad; y más: estas creaturas presentes en que ya ha obrado la redención de Jesucristo, y por ello, ya está incoada la “Nueva Jerusalén” (Apoc.21). Y Chesterton insiste en este sentido: “¿No ven ustedes que todo aquí parece una joya?” Insiste y recalca:
Esto constituye un preciosísimo factor de la evangelización chestertoniana: el cultivo de la facultad de ver y contemplar. El procedimiento rotura la mente –como quien ara la tierra- y así la prepara para la fe, y por otra parte, al ya creyente, le da más lucidez en su fe: con lo cual nos dan ganas de alabar, dar gracias y adorar al Señor por sus obras, como en los salmos.
Chesterton de veras interpela, de yo a tú:Dra. en Filosofía y Letras (UBA),
Profesora de Literatura y Cristianismo(UCA).
Que Chesterton ha hecho una contribución formidable en orden a la evangelización de la cultura, en su época y hasta hoy, es evidente, y describirla nos llevaría horas. En este marco coloquial de pocos minutos, elegí referirme a La Esfera y la Cruz (The Ball and the Cross) y también a Hombrevida, porque las estoy leyendo y comentando, pormenorizadamente, con alumnos en varios grupos, y así voy a hablar de experiencias concretas actuales. Esta modalidad –leer lento- se me impone ya que las obras se ofrecen como caminos a recorrer, en los cuales a cada paso nos esperan tesoros de sugerencias y así es necesario detenernos para recogerlas.
Por ejemplo, el protagonista de Hombrevida nos grita:
“¡Déjense de comprar y vender y empiecen a mirar! Abran los ojos y amanecerán en la Nueva Jerusalén.” (HV p.55)
Este clamor nos interpela y nos reclama, tal como el Evangelio que dice: “Mirad lo lirios del campo, que hoy florecen y mañana se marchitan.....y ni Salomón en su mayor esplendor se vistió como uno de ellos......” Es una llamada a contemplar las bellezas de la Creación. Esta creación, en que –como subraya Pablo (Rom 1), desde el principio del mundo fue posible descubrir la mano de Dios, su omnipotencia y divinidad; y más: estas creaturas presentes en que ya ha obrado la redención de Jesucristo, y por ello, ya está incoada la “Nueva Jerusalén” (Apoc.21). Y Chesterton insiste en este sentido: “¿No ven ustedes que todo aquí parece una joya?” Insiste y recalca:
“Todo aquello que reluce,
todo aquello es oro:
aquel árbol y esta torre,
y esos bronces, todo.
Aire de oro vespertino
Rueda en césped de oro.....” (HV, p.56)
A cada rato tenemos que detenernos a contemplar esas maravillas de Dios, que nuestro autor ha acuñado como joyas: en especial sus ocasos, detallados en sus varias etapas hasta el oscurecimiento.....Chesterton, como su personaje Hombrevida, constantemente abre ventanas en los lugares más inverosímiles y nos presenta nuevas e insospechadas perspectivas para gozar la belleza creada.todo aquello es oro:
aquel árbol y esta torre,
y esos bronces, todo.
Aire de oro vespertino
Rueda en césped de oro.....” (HV, p.56)
Esto constituye un preciosísimo factor de la evangelización chestertoniana: el cultivo de la facultad de ver y contemplar. El procedimiento rotura la mente –como quien ara la tierra- y así la prepara para la fe, y por otra parte, al ya creyente, le da más lucidez en su fe: con lo cual nos dan ganas de alabar, dar gracias y adorar al Señor por sus obras, como en los salmos.
“¿Queridita mía, ¿qué otra cosa se puede hacer? (....) ¿Qué alternativa queda fuera del matrimonio, excepción hecha del sueño? (....) Si usted no se casa con Dios, como hacen nuestras monjas en Irlanda, usted tiene que casarse con el hombre....La tercera y única oportunidad que a uno le queda es la de casarse consigo mismo...vivir consigo mismo...consigo mismo, consigo mismo, consigo mismo....el único compañero que nunca está satisfecho....y nunca satisface.” (HV p.67)
Hasta el ritmo marcado de las preguntas, da cuenta de la ridícula decepción que implica la “soltería”: no el celibato, sino soltería de los sueños y de las fantasías, un encierro vano, triste, estéril... ¡O vida consagrada, o matrimonio! Tal es la ley de Dios. Y ambos estados se apoyan mutuamente:
“De una cosa debe usted estar seguro –dice Herne-, aunque mucha gente se reiría de ella: dondequiera que regresan los MONJES, regresa el MATRIMONIO.” (Regr de DQ, p.634)
Matrimonio y virginidad van juntos. Es una idea enraízada en el Evangelio. Jesús, cuando reitera la indisolubilidad matrimonial, y sus discípulos se quedan atónitos, les declara: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios; de inmediato, muestra otro imposible, posible con el mismo sostén divino presenta la virginidad.
A Chesterton no sólo se le ha sido concedido el don de la palabra para hacernos pensar, sino también el don de la parábola: simple relato muy concreto que remite a leyes y vivencias esenciales. Parábola es Hombrevida. Parábola semejante a la Odisea, nos recuerda esa ley de la vida que es: retirarse para regresar, tomar distancia para ver; para reconocer lo que nos ha sido dado y que nos toca: nuestro “lote”. Un hombre que ha hecho este periplo –irse de casa, sentir nostalgia (ansia de volver) y finalmente ha vuelto, y ha reencontrado lo suyo, lo que más amaba, su hogar, luego puede ayudar a sus semejantes. Cargado de entusiasmo, irrumpe como un viento (al estilo del Espíritu Santo) y saca a la gente de sus costumbres, de su ensimismamiento, de sus manías, de su somnolencia. Con sus rarezas, este hombre, consigue llamar la atención y abrir boquetes a la Realidad.
En contra de los sistemas, en contra de las clasificaciones, y de todo prejuicio, para alertarnos acerca de las mismas, del nominalismo que presuponen y que amenaza cortarnos de la Realidad, Chesterton ha elaborado “parábolas”: como las de Jesús, cuentos que en su aparente simplicidad contienen un hondo significado, difícil de ser percibido de otra manera.
La sistematización racional, tanto como en una esfera, deja afuera el misterio: es decir, lo que Dios ha puesto y quiere expresar: palabra y mensaje de amor Suyos: Amor cuya hondura y largura y hondura simboliza la Cruz, que abraza a todo el Cosmos.
La ESFERA y La CRUZ, su primera novela, está toda ella enmarcada y penetrada por el simbolismo antagónico de lo que es cerrado, mezquino, pretenciosamente razonable, pero excluyente, (la esfera). Adentro hay otras parábolas. : la parábola del camino, para significar el tiempo que lleva pensar, conocer al otro, dialogar: currere y discurrere.. como caballeros andantes.
Está la parábola del “duelo”. Significa que hay algo por lo cual vale la pena luchar, estando dispuesto a ser herido o dar la vida. Ese algo, en este caso, es también lo que da sentido a la vida y sin lo cual no tiene sentido vivir. La ofensa a una Reina llama a los espíritus caballerescos a reparar tal infamia.
Aquí se encuentran pues dos espadas: la del ateísta y la del creyente. Más de una vez, a lo largo de la obra, se dice que tales armas vibran desde el corazón. Más de una vez, también se dice que estas espadas al chocarse forman una cruz. Aquí está el signo de contradicción. Signo, empero, de apertura, encuentro y entendimiento.
En efecto. El que inicia el desafío es el creyente: caballero que no titubea un instante en defender a Su Dama Celestial. Lo notable es ¡que el ateísta acepte el duelo, y por tal motivo! ¿cómo, un periodista moderno toma en serio a Dios en que no cree? Pero justamente, ello implica haber hallado “eco” en su corazón. ¿Eco? Es un punto que destaca el autor y que va in crescendo. ¡Cuántas veces el caballero creyente se da cuenta de que su contrincante en el fondo lo comprende, y se conmueve por ello!:
“-¡Oh! Lo ha entendido usted muy bien! –exclamó MacIan con gozo pueril extraordinario-. ¡Oh! ¡Estoy seguro de que cree usted en Dios!” (O.C. p.295)
Sin duda Chesterton está convencido de que toda alma humana tiene nostalgia de Dios, y que por eso el creyente está obligado por caridad a dar su testimonio.
En esta parábola con personajes representativos del mundo moderno, saca a relucir otros que van siendo tocados por el testimonio, porque también estaban buscando. Por ejemplo la joven del automóvil : rica, bonita, a quien no le falta nada, y que sin embargo, es infeliz. Habiendo sido salvada de un asalto por los caballerescos protagonistas, al enterarse del duelo y de su causa, ella les dice:
“Lo que ustedes están haciendo es tan insensato, que pudiera ser la razón misma. En todo caso , no se consigue ser verdaderamente ateo.” (p.290)
La joven los alienta al duelo pues en ello –tal como le confía al creyente- cifra una esperanza:
“-....tal vez haya una salida; ...sentí que, después de todo, usted ha encontrado la salida, y que por eso lo aborrece el mundo.” (p.289)
mundo que se rebela y se cierra a Dios –del que Jesús habla diciendo “no ruego por él, sino por ustedes que están en él, para que se libren del mal”- . ¡El mundo y el mal! Aquí, en esta parábola, el mundo en esa acepción está simbolizado por “la esfera”: cuanto se cierra a Dios, en especial la mente arrogante que se pretende autónoma y autosuficiente. Este mundo está así por influjo del Malo: el “príncipe de este mundo”. Bien está ilustrada en la escena del principio lo que afirma San Pablo: sobre quienes siguen el proceder de este mundo, sometidos al PRÍNCIPE que tiene su imperio en el aire, el espíritu que actúa ahora en los rebeldes a la fe”. (1 Ef 2, 1)Hasta el ritmo marcado de las preguntas, da cuenta de la ridícula decepción que implica la “soltería”: no el celibato, sino soltería de los sueños y de las fantasías, un encierro vano, triste, estéril... ¡O vida consagrada, o matrimonio! Tal es la ley de Dios. Y ambos estados se apoyan mutuamente:
“De una cosa debe usted estar seguro –dice Herne-, aunque mucha gente se reiría de ella: dondequiera que regresan los MONJES, regresa el MATRIMONIO.” (Regr de DQ, p.634)
Matrimonio y virginidad van juntos. Es una idea enraízada en el Evangelio. Jesús, cuando reitera la indisolubilidad matrimonial, y sus discípulos se quedan atónitos, les declara: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios; de inmediato, muestra otro imposible, posible con el mismo sostén divino presenta la virginidad.
A Chesterton no sólo se le ha sido concedido el don de la palabra para hacernos pensar, sino también el don de la parábola: simple relato muy concreto que remite a leyes y vivencias esenciales. Parábola es Hombrevida. Parábola semejante a la Odisea, nos recuerda esa ley de la vida que es: retirarse para regresar, tomar distancia para ver; para reconocer lo que nos ha sido dado y que nos toca: nuestro “lote”. Un hombre que ha hecho este periplo –irse de casa, sentir nostalgia (ansia de volver) y finalmente ha vuelto, y ha reencontrado lo suyo, lo que más amaba, su hogar, luego puede ayudar a sus semejantes. Cargado de entusiasmo, irrumpe como un viento (al estilo del Espíritu Santo) y saca a la gente de sus costumbres, de su ensimismamiento, de sus manías, de su somnolencia. Con sus rarezas, este hombre, consigue llamar la atención y abrir boquetes a la Realidad.
En contra de los sistemas, en contra de las clasificaciones, y de todo prejuicio, para alertarnos acerca de las mismas, del nominalismo que presuponen y que amenaza cortarnos de la Realidad, Chesterton ha elaborado “parábolas”: como las de Jesús, cuentos que en su aparente simplicidad contienen un hondo significado, difícil de ser percibido de otra manera.
La sistematización racional, tanto como en una esfera, deja afuera el misterio: es decir, lo que Dios ha puesto y quiere expresar: palabra y mensaje de amor Suyos: Amor cuya hondura y largura y hondura simboliza la Cruz, que abraza a todo el Cosmos.
La ESFERA y La CRUZ, su primera novela, está toda ella enmarcada y penetrada por el simbolismo antagónico de lo que es cerrado, mezquino, pretenciosamente razonable, pero excluyente, (la esfera). Adentro hay otras parábolas. : la parábola del camino, para significar el tiempo que lleva pensar, conocer al otro, dialogar: currere y discurrere.. como caballeros andantes.
Está la parábola del “duelo”. Significa que hay algo por lo cual vale la pena luchar, estando dispuesto a ser herido o dar la vida. Ese algo, en este caso, es también lo que da sentido a la vida y sin lo cual no tiene sentido vivir. La ofensa a una Reina llama a los espíritus caballerescos a reparar tal infamia.
Aquí se encuentran pues dos espadas: la del ateísta y la del creyente. Más de una vez, a lo largo de la obra, se dice que tales armas vibran desde el corazón. Más de una vez, también se dice que estas espadas al chocarse forman una cruz. Aquí está el signo de contradicción. Signo, empero, de apertura, encuentro y entendimiento.
En efecto. El que inicia el desafío es el creyente: caballero que no titubea un instante en defender a Su Dama Celestial. Lo notable es ¡que el ateísta acepte el duelo, y por tal motivo! ¿cómo, un periodista moderno toma en serio a Dios en que no cree? Pero justamente, ello implica haber hallado “eco” en su corazón. ¿Eco? Es un punto que destaca el autor y que va in crescendo. ¡Cuántas veces el caballero creyente se da cuenta de que su contrincante en el fondo lo comprende, y se conmueve por ello!:
“-¡Oh! Lo ha entendido usted muy bien! –exclamó MacIan con gozo pueril extraordinario-. ¡Oh! ¡Estoy seguro de que cree usted en Dios!” (O.C. p.295)
Sin duda Chesterton está convencido de que toda alma humana tiene nostalgia de Dios, y que por eso el creyente está obligado por caridad a dar su testimonio.
En esta parábola con personajes representativos del mundo moderno, saca a relucir otros que van siendo tocados por el testimonio, porque también estaban buscando. Por ejemplo la joven del automóvil : rica, bonita, a quien no le falta nada, y que sin embargo, es infeliz. Habiendo sido salvada de un asalto por los caballerescos protagonistas, al enterarse del duelo y de su causa, ella les dice:
“Lo que ustedes están haciendo es tan insensato, que pudiera ser la razón misma. En todo caso , no se consigue ser verdaderamente ateo.” (p.290)
La joven los alienta al duelo pues en ello –tal como le confía al creyente- cifra una esperanza:
“-....tal vez haya una salida; ...sentí que, después de todo, usted ha encontrado la salida, y que por eso lo aborrece el mundo.” (p.289)
Aquí el autor está describiendo, a más del que busca “una salida”, a quienes no quieren saber nada de ella: “el mundo” –dice- ¿qué mundo? No el mundo creado por Dios, sino el
A través del profesor Lucifer se ve esa prédica “en el aire” –que choca con la realidad (la cúpula) provoca el mundillo mezquino de la ciencia, el mundillo rígido de las clasificaciones. Sus representantes son los médicos de la clínicas psiquiátrica o manicomio – poseídos por el Demonio. El demonio mentiroso los ha convencido del diagnóstico que dan acerca de estos duelistas que se juegan la vida por el asunto de Dios: son unos “locos”. Pero este influjo demoníaco abarca más a través del periodismo y se palpa más extensamente: en la opinión corriente son “perturbadores incorregibles de la paz pública”. En general todos se pliegan a esta opinión, ya que, como hace ver el novelista al principio a través del “profesor Lucifer”, en estos tiempos modernos el demonio azuza a los hombres por la jactancia científica: les hace esperar en el progreso, y creer que basta la técnica para dar bienestar; en cuanto al orden, lo encarga a la policía.
De este modo, la parábola plantea una situación de guerra cultural.
La guerra no es entre los duelistas –muy por el contrario: ellos dialogan y se comprenden La guerra es provocada por el Espíritu de las tinieblas que consigue “someter” de diversas maneras a los hombres, en posiciones opuestas y extremas. Ilustrando esto, los duelistas se han encontrado con un pacifista y con un exponente de la crueldad. El pacifista se horroriza de sólo pensar en la violencia y en la sangre, y los exhorta a pactar, a conciliar, abandonándose al “amor”.... Pero con un tono, al decir “amor”, que evidencia indiferencia por la verdad y la justicia. El creyente percibe la falsedad de este discurso pacifista y, al explicar a su compañero de armas en qué reside esa tentación, la muestra como una nada, indefinida: “-......algo como Eso. Si abandonas juramentos y dogmas, y los principios sólidos, te irás pareciendo a Eso; aprenderás también una filosofía turbia y falsa; te aficionarás a esa ciénaga de moral cobarde y rastrera, y vendrás a pensar que dar muerte es malo porque es violento, y no porque es injusto.” (p.240)
En el otro extremo está el adepto a una filosofía de la fuerza, de la conquista, quien felicita a los duelistas llamándoles “héroes”. Pero ellos desenmascaran y dejan en ridículo a este otro “filósofo aficionado” , incapaz siquiera de defenderse.
En esta guerra se trata de defender verdades eternas contra el enemigo que consigue distorsionarlas y esfumarlas. Un ejemplo: “La raza humana ha admirado siempre las virtudes católicas, por más que las haya practicado muy poco; y para mayor rareza, ha admirado más aquellas que el mundo moderno discute con más aspereza. Ustedes se quejan de que el catolicismo establezca el ideal de la virginidad....si el catolicismo lo ha logrado....y usted no querrá separarse del ideal del Partenón, cuyo nombre significa virginidad...etc....¿me equivoco al decir que estas cosas parecen eternas?” (P.269-271).
El Enemigo falsifica las cosas eternas, y empuja las modas, a las cuales logra entregar a la gente, de un extremismo a otro, sin asentarse en la verdad. El demonio engaña al hombre y lo violenta: con pretexto de progreso lo induce a reducir su vida a un cómodo mundillo recortado, a conformarse con una cultura mezquina y sin más allá.
Nuestros caballeros andantes, justamente en sus andanzas, han tenido tiempo de explicarse y explicarnos como reaccionar. ¿Cómo? Sus lecciones múltiples tienen que ver con el simbolismo de la Cruz La discusión es una forma de lucha, de cruz.. Perseguidos, calumniados, acusados, ridiculizados, no han vacilado en empuñar la espada –emblema de la Verdad- y han estado ajustando sus palabras, examinando sus posiciones en vistas de la Verdad. Esto contradice las vigencias, por eso hay cruz. Pensar por sí mismo, con fundamento in re. Asimismo interesarse el uno por el otro, reconocer los sentimientos que les va inspirando; dejarse decir por los “signos”, es irse personalizando y humanizando, no cediendo a la a la masificación ambiental.
Y esto significa que justamente están venciendo: los han encerrado en el manicomio porque los “temen”: temen esa adhesión a sus convicciones. Cada cual a su modo, han cargado “su” cruz. Han resistido y dado su testimonio hasta ser “aislados” en un calabozo y pasar cada uno su mes de claustro, o purgatorio. Este encierro no es “esfera”, sino retiro. Atentos y abiertos a la observación, dan con una salida. Descubren más abajo al Padre Miguel. De entrada lo toman por idiota y querrán ayudarlo, pero se darán cuenta de que es él quien ha ayudado todo el tiempo: abrazado a la Cruz con alegría. Se ve que en el corazón de este santo monje se ha realizado lo que ilustraba la cúpula de la catedral: la cruz está plantada y desde allí fluye la savia y la energía que salva al mundo.
Al final de la parábola, los campeones soltarán las espadas y ellas caerán en forma de cruz como recordarnos que la guerra contra el Enemigo ya está ganada y se sigue ganando en Cristo.
Publicado por Sociedad Chestertoniana Argentina.
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